Una oda trágica: “no estamos locas”

Propongo como forma de expresión una oda trágica:

–          ¡No estamos locas!  gritan clamor en pecho las madres de la fatídica comuna; ¡nuestros hijos ya no están y su ausencia no es imaginada!, ¡no es una obsesión ni es leyenda!

Acumulando todas las pruebas y hasta las evidencias, recibimos el escupitajo de fatal verdad. No hay hipótesis más verosímiles que la realidad. La confusión es que la historia se vuelve ficción; la realidad será magia y leyenda. 

Pero lo real no desaparece en la ilusión, es la ilusión la que desaparece en la realidad integral. Pero, eso sí, no hay crimen perfecto en la sociedad de la benévola transparencia. Dice Baudrillard que, en la transparencia del mal, el mal es la propia transparencia.

Los que niegan quieren escribir la historia negra de la desaparición de lo real y lo carnal. Ahí están los cuerpos de los masacrados con odio; no han podido ser descubiertos ni los móviles ni los autores, y no se ha encontrado nunca el cadáver de la escabrosa realidad. Cuando el discurso y la propaganda nos acallan y nos convencen, entonces todas nos volvemos responsables negligentes.

Desde su intuición de madres saben que sus hijos están cerca, que aunque ya no están en este mundo, sus cuerpos aún gritan desde la esquina en su último adiós.  Sus torturas aún claman desde el basurero, se niegan a transmutar su silencio, sus vidas en limbo y su infierno permanente.

Su ausencia es incertidumbre y vacío, pero no es locura. Ni sus cuerpos ni sus almas logran descansar en paz y este limbo que carcome, que roe el espíritu, sigue resonando en estertores de miedo y desilusión.

No estamos locas, gritan clamor en pecho las madres de la fatídica comuna; ¡nuestros hijos ya no están y su ausencia no es imaginada!, ¡no es una obsesión ni es leyenda!

La capacidad de asombro se ha perdido. En el pasado todo es igual, un pasado sin aroma…la banalidad del mal. Nuestros suelos expulsan los muertos, en los ríos van flotando, el ambiente hiede a indiferencia. 

De otros no hay esperanza, ninguna certeza para constatar su muerte ¿cuántos habrán sido reducidos a cenizas por el fuego? ¿Cuántos cuerpos comidos por animales o desintegrados por la malévola alquimia? ¿Cuántos desmembrados a la mínima proporción? Si no hay cuerpo, no hay asesinato; ¡anónimos y olvidados! 

Si los olvidan y si no hay memoria, entonces habrán muerto para siempre. Se oponen a cualquier parusía, la resurrección de tantos muertos, la verdad histórica, su máximo terror:

–          ¡No estamos locas!  gritan clamor en pecho las madres de la fatídica comuna; ¡nuestros hijos ya no están y su ausencia no es imaginada!, ¡no es una obsesión ni es leyenda!

Muchos sólo lo niegan, revisten de eufemismos la tragedia final. Evasión: truecan el basurero en escombrera, las masacres en ajusticiamiento; en justicia el pulso firme; la arbitrariedad y la fatalidad se justifican en un corazón grande por la patria.

“Cuando no hay ni recóndita culpa, no hay reconciliación”. Ayer preguntábamos: ¿quién dio la orden? Hoy lo sabemos por descarada confesión, hoy sin memoria y con olvido. Las falacias, los engaños, la propaganda no pueden ocultar este cementerio a cielo abierto, al tribunal macabro que decretó la muerte.

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