Exégesis
MIGUEL ÁNGEL LEMUS M. De manera prudente, el Presidente Santos ha introducido el debate sobre la legalización de las drogas, controversia que debe tener un especio en la próxima Cumbre de las Américas. Un tema históricamente vetado, dada sus connotaciones éticas, sociales y culturales, por lo que las naciones productoras y consumidoras, han preferido confrontar el problema desde el punto de vista militar y judicial. Una estrategia que vale la pena evaluar, como lo ha insinuado el presidente colombiano, dado que sus resultados, después de décadas de lucha, no han sido enteramente satisfactorios. Creo que el debate debe salirse de los círculos cerrados, del pronunciamiento sigiloso y calculador, de la discusión hermética desprovista de dialéctica. La política equivocada de no molestar al coloso del norte hoy es una estrategia equivocada, pues las áreas sembradas y el número de consumidores han aumentado significativamente, no obstante la prohibición. Mientras tanto, nuestra condición de país productor continúa su racha de afectaciones, no sólo en relación con los recursos naturales, sino en el uso desmedido del glifosato, con todos sus efectos en materia de salud pública, así se diga lo contrario por parte de los defensores de la política coercitiva. Y la lucha iniciada desde inicios del Plan Colombia, tampoco ha logrado dominar el microtráfico, sino que por el contrario, éste y sus delitos conexos se multiplican, comprometiendo a adultos, jóvenes y niños en bandas, combos y demás especies de la peor ralea que se disputan pueblos, municipios y ciudades. Recordar los efectos del narcotráfico es llover sobre mojado. Y mientras en nuestro país pasa lo que pasa y los mexicanos libran una lucha tenebrosa y mortal por causa de la droga, el Presidente Evo Morales de Bolivia propende ante Naciones Unidas la legalización de la hoja de coca por razones culturales. ¿Doble moral? Realmente la tarea emprendida tímidamente por el Presidente Santos no parece tener una verdadera corresponsalía a nivel internacional, o por lo menos, en los países productores. Lo conveniente en los actuales momentos es colocar las cartas sobre la mesa, eso sí, destapadas, para que haya coherencia en los propósitos. Lo otro sería arengar en el desierto y convertir a nuestro mandatario en un anacoreta, con un discurso importante pero inútil, dado la disparidad de intereses en la comunidad internacional.