Pese a la inacabable discusión de si las pascuas lo son por la resurrección de Cristo o se puede contextualizar con ellas la alegría por el nacimiento de Jesús, lo cierto es que nuestro diccionario de la RAE hace sinónimos a la pascua y la Navidad, esta festividad de nuestra fe y ambiente cristiano que se expandió como época de paz y gozo en casi todo el globo.
No es para menos: decantar odios, rencores, desagrados, desamores y toda amargura que inexorablemente anida en los sentimientos del ser humano por cualquieras razones o motivos, es acto que nos redime en nuestra condición de hijos de Dios y de personas que, esgrimiendo sentimientos, vamos sembrando la vida para lograr el supremo goce que es la felicidad, esa que nos esquiva casi al instante de sentirla pero que torna con más fuerza cuando volvemos a conquistarla y así, sucesivamente como en un sinfín, en todas las horas.
¡Felices pascuas!, exclamamos ayer con un abrazo sincero, apretado y caluroso para todos aquellos que estimamos y amamos con fuerza y pasión, y con absoluta seguridad a desconocidos que en medio de la algarabía y el contagio festivo se nos cruzaron en el camino. Fue el momento, el de ese abrazo, en que más humildes y necesitados de humanidad nos sentimos. Fue el momento notable en que sentimos que no todo está perdido y vale la pena proseguir la búsqueda incansable de consolidar el amor como el más preciado bien, sea en sintonía pasional, filial o social.
Dimos regalos, sin importar su tamaño y valor. Fue un gran placer, si lo hicimos aspirando llenar la copa de la alegría y el sentimiento de los demás. Cuánto más si el presente de ´Niño Dios’ fue para quien motiva sueños, ilusiones, esperanzas y amor; para quien merece aprecio sincero o para ese desconocido que provoca sensibilidad y ternura por su necesidad y soledad. Nunca estuvimos más cerca de la bondad y amor al prójimo que ese adorado Niño de la gruta nos enseñó.
¡Felices pascuas!