Han pasado más de 30 años desde cuando el país se embarcó en la guerra más costosa en dolor, sangre y recursos financieros pero a la vez más ineficaz; y en una semana se cumplirán 20 años de una noticia que se había convertido en un hecho imposible para Colombia y el mundo, la caída del más grande capo del crimen y la mafia del Tercer Mundo, Pablo Emilio Escobar Gaviria, en una casa corriente de Medellín, acosado y cercado tanto por los organismos de seguridad como por la multitud de enemigos que él mismo había creado en cerca de 25 años de vida delincuencial. Dos hechos que constituyen el epicentro de la peor plaga que ha sufrido el país en su historia, combustible y oxígeno del resto de desgracias nacionales en las recientes tres décadas.
Y el balance de esa guerra, en términos de costo-beneficio, parece ser altamente deficitario: miles de muertos civiles, militares, policías, de la institucionalidad, al igual que otros tantos miles de muertos de los bandos criminales caídos en su ley de guerra, y un país con un costo enormemente alto en crecimiento, economía y desgaste de su imagen ante el mundo. La guerra no ha acabado y parece lejos de terminar; aún si llegásemos a un acuerdo con las guerrillas, como va a ocurrir. Ese dolorosamente no es más que otro factor quedando pendientes los de las bandas criminales, las mafias puras del mismo narcotráfico, los contrabandistas, los corruptos que se amparan en las anteriores y la criminalidad común que se nutre de todos.
Las cifras – que nunca serán completas – nos indican que la guerra contra el narcotráfico en Colombia ha dejando cerca de 20 mil muertos, más de 10.000 millones de dólares empleados directamente en su erradicación en las últimas tres décadas y una estigmatización mundial difícil de borrar. Pero quizá el mayor costo ha sido el de ver convertido el grueso de esta sociedad nacional en adoratriz del dinero fácil, de los negocios oscuros, de los atajos, de evadir la ley, de justificar las ilegalidades y los actos contrarios a la ética; de que una sociedad y una cultura nacional con apenas dos centenares de años en formación se haya dejado permear por las prácticas del crimen y no por la legalidad.
Y aunque en estos 30 años de guerra hayan caído por las balas Pablo Escobar y tantos otros, y los Rodríguez Orejuela y tantos otros estén tras las rejas en Estados Unidos y muchos más en Colombia, la mafia sigue enquistada en la vida nacional y sus tentáculos se mueven en todas las direcciones. Un cáncer que ha hecho metástasis en la vida del país sin tener cirujanos eficientes que lo extirpen; la política, ese modo de enderezar las cosas como principio del Estado, en Colombia se ha torcido al vaivén del poder de las drogas ilícitas.
Triste y doloroso balance para un país que, por encima de todo ello, sigue vivo y trata de ganar esta batalla.
“La guerra no ha acabado y parece lejos de terminar; aún si llegásemos a un acuerdo con las guerrillas, como va a ocurrir.”
Editorialito
El coronel Delbert Mayid Plata Álvarez, asumirá hoy el comando de Policía Huila. El oficial reemplazará al coronel Juan Francisco Peláez Ramírez, quien asumirá como Subdirector Nacional de Tránsito y Transporte de la Policía. Al coronel Plata le damos una calurosa bienvenida. Al coronel Pelaéz mucha suerte en el nuevo cargo.