Santos ha despertado la ilusión para los colombianos que están en el infortunio, en el desplazamiento, en las condiciones más duras de existencia. Que los menos favorecidos puedan adquirir vivienda, es algo para alegrar el corazón, incluso de quienes nos sentimos con mejor fortuna. La construcción, siempre ha generado empleo, dinamiza la economía, eleva el nivel de vida. Lo mínimo es desear éxito para el gobierno en esta oferta social, aun desconociendo la estrategia y financiación del programa. A pesar de los inconvenientes, fáciles de advertir, como reventas de las mismas viviendas, costos, manipulación política, etc., puede tratarse de una solución no por incompleta, válida. Muy diferente a la oferta de repartir tierras. Una cosa es restablecer el derecho, y otra rehacer décadas de ausencia de Estado y de justicia. Devolver la historia de un largo período en el que la guerrilla arrasaba con la tranquila propiedad rural, especialmente en Urabá y Antioquia, para que bandas armadas restablecieran la justicia a su manera, con métodos sanguinarios, está lejos de la realidad. Solución ésta de un enorme costo social y económico, que puede generar más injusticias y violencia, a cambio de la paz deseada. Tanto los desplazados de escasos recursos como los emigrantes que arropados con los primeros, abandonaron el campo lejano para buscar el bullicio y las oportunidades de la ciudad, lo que necesitan es techo y trabajo, no un aleatorio regreso lleno de incertidumbre. La economía en la ciudad, es vertiginosa comparada con la agraria; para el campesino de hoy, ni las gallinas ni el huerto casero representan una opción; y no es por pereza como se afirma con frecuencia; por algo las naciones subsidian el campo. En los análisis y esquemas de los planificadores de escritorio, hay algo que desquicia todas sus sabias fórmulas: La baja rentabilidad agraria. Los tecnócratas de ciudad, que piensan por el campesino, no han captado el proceso agrario moderno, en el que el hombre tradicional de las gallinas, la vaca y el huerto, es sustituido por el inversionista que se integra a la cadena productiva, y con más frecuencia, por pensionados que sueñan con una bucólica vejez, o simplemente ciudadanos con excedentes para extender sus actividades urbanas. En el campo, un potrero no es igual a otro; dos más dos no son cuatro. Desde que los tiranos repartían las tierras de los patricios en la antigüedad, los beneficiados terminaban aprendiendo que la tenencia de tierras no otorga la felicidad. Desde Babilonia y la Atenas de Pericles, la ciudad domina y atrae. Es más sabio dar vivienda, que adelantar una reforma agraria disfrazada.